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Prólogo

“Qui non ha visto Sevilla, non ha visto maravilla”, este eslogan se repitió en muchos grabados de la ciudad de Sevilla durante los siglos XVI y XVII. En la actualidad cuesta encontrar los fundamentos que llevaron a los dibujantes de aquellos siglos a repetir una y otra vez este lema, y es que 3 centurias de decadencia han llenado de polvo, olvido y abandono los valores y el legado de una ciudad que fue la capital del planeta, el centro del mundo.

Con el descubrimiento de América en 1492, la ciudad se colmó de condiciones favorables para obtener un desarrollo vertiginoso como ciudad y auparse como la villa más importante del momento. Su situación en el extremo suroccidental de Europa, la capacidad de navegación de su río y sus condiciones defensivas y de seguridad como puerto interior convirtieron a Sevilla en la puerta que todos debían atravesar para viajar a América y el acceso a Europa de todos y todo lo que provenía de América. Esta situación provocó una explosión económica y cultural que tornó a Sevilla en el punto central de los mapamundis de la época.

Pero los tiempos cambiaron y Sevilla como puerto fue perdiendo importancia a favor de otros puertos en auge, iniciando, la ciudad, una decadencia que ya dura más de 300 años y que poco a poco ha ido oscureciendo el legado y los valores que un día, ya lejano, la convirtieron en lo que ya hemos explicado que fue, generando una atmósfera de ignorancia y olvido que impide a los nativos reconocerse como ciudad y les imposibilita mostrarse a sus visitantes con una realidad acorde a su historia.

Como un fantasma escondido, que se siente y no se ve, queda el legado de aquel tiempo en edificios ocultos por ramas de árboles hendidos, en toponimias que nunca nos paramos a intentar entender, en espacios abiertos clausurados por el abandono, en cambios de usos que esconden el patrimonio tras rótulos comerciales y en una mentalidad, de algunos sectores de la idiosincrasia sevillana, heredada de generación en generación y que el paso de los años y la ignorancia han dejado sin fundamentos, de creerse la ciudad más importante del mundo.

Sevilla no es la ciudad más importante del mundo, y seguramente nunca lo será, pero es de justicia recordar que una vez lo fue.

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